Revolucionarios Profesionales
Para Álvaro Vallejos Villagrán "Matías"
Juan Schilling Quezada

CONOZCA:
Maletín "james bond"
Historia sobre Juan Maino,
desaparecido desde Colonia Dignidad.
Carta abierta a Juan Maino
Historia sobre Juan Maino,
desaparecido desde Colonia Dignidad.


Esta historia aparece en
"Las historias que podemos contar, volumen uno".


Mi pantorrilla hinchada de manera grotesca me enviaba mensajes y señales confusas mezclando punzadas profundas con latidos. Difícil era descifrar lo que me quería decir mi querida pata izquierda, pero yo lo interpretaba como «cuidado, estoy a punto de reventar». De vez en cuando me subía un poco la manga del pantalón para verificar que aún resistía, que aún no empezaba a agrietarse. Y Matías seguía dándole y machacando con eso de los revolucionarios profesionales y que el Pelao Lenin esto, y que el Che aquello, y yo esperando que terminara con su charla de educación política para mostrarle el pie y preguntarle que podía tomar. Después de todo, él había sido alguna vez estudiante de medicina, aunque yo no sabía de qué año y lo más probable es que a esas alturas ya hubiese abandonado su carrera como yo mismo ya lo había hecho con la mía, pese a que ninguno de los dos estuviera dispuesto a reconocer tal abandono.

Estaba a punto de dormirme con el calor de la tarde santiaguina y la voz monótona y cansada que de tarde en tarde repetía «revolucionarios profesionales» casi como una muletilla, hasta que por fin hizo la pregunta mágica: «¿Alguien más quiere alargar la reunión?». Una forma muy particular de ofrecer la palabra que ningún valiente se atrevía a aceptar. Su charla terminaba siempre con esa famosa pregunta. Esperé a que salieran los muchachos para mostrarle mi pata.

-¿Qué te pasó güevón? -preguntó Matías al ver la hinchazón tremenda. La cosa lucía peor de lo que era, porque en la posta me la habían pintado con yodo dándole un toque escandaloso.

-Me dieron con una lacrimógena -contesté con un tonito que no era de lamento, sino más bien de disimulado orgullo.

-¿Y ya te vio un médico?

-La chica Pamela me llevó a la posta, pero no sé si sería médico el que me atendió. Yo estaba medio mareado. Sólo sé que me echaron yodo pero no me recetaron ni aspirinas -y ante la mirada «doctoral» de Matías, agregué -lo único que obtuve fue que el diario La Tribuna publicara mi nombre en la lista de heridos.

-Porqué no te vas para que te vea tu papá y te cuiden un rato en casita, para eso tu viejo es médico de verdad -propuso Matías, olvidándose de las tareas que el mismo me había asignado y que yo ni muerto hubiera dejado de cumplir, por eso quise desdramatizarlo -oye, pero si yo iba apenas pasando por ahí cuando me cayó la bomba encima no sé de dónde.

-Entonces tómate unas dolopironas -dijo Matías -te quitarán el dolor y te ayudarán con la inflamación. Tuviste suerte porque la bomba no te rompió nada.

-Si fue puro susto... sobre todo al principio cuando no sentía la pierna ni siquiera como si estuviera dormida. Era como si me la hubieran desconectado.

-Tómate unas dolopironas y descansa un par de días -insistió con aire de médico experto y de jefe bonachón. Así me convertí en uno de los pocos pacientes que alcanzó a tener Matías, quizás el único a quien le recetó algo.

Nos fuimos juntos desde el local del efe-te-erre donde habíamos soportado su charla, bajando hacia la Alameda. Ibamos silenciosos, yo por costumbre, él porque había estado chachareando varias horas. Ambos cojeábamos. Yo por lo de la bomba, él porque algo tenía en un pie de lo que no le gustaba hablar, y que aunque habitualmente casi no se le notaba, ese día cojeaba como Dustin Hoffman en «Perdidos en la noche».

-¿Y tú por qué cojeai?, ¿de puro solidario? -le pregunté tocándole directamente su rollo. Matías contestó muy serio -no, lo mío es una malformación congénita y te aseguro que no te gustaría verla. Hay días que duele y otros ando bastante bien. Cuando puedo disimulo, pero ahora estoy agotado. Era la primera vez que me hablaba de ese tema. Yo ya lo sabía por una infidencia de la Negra. Ella era su compañera y lo conocía más que nosotros.

Las calles estaban vacías y tenían algo de escenario. Una ventana jugó a ser espejo y nos devolvió nuestra imagen: ninguno llegaba al metro sesenta con zapatos, caminábamos despacio, yo rengueando de mi pierna izquierda, él, ya lo dije, como Dustin Hoffman, pero más feo, claro. Más feo que el actor y más feo que yo, de todas maneras. Los dos cojos y cansados. Era como si nos viéramos en una película y aún hoy mi recuerdo parece arrancado del cine.

Matías estalló en una carcajada repentina y contagiosa que me obligó a hacer con él un dúo de idiotas riéndose sin parar. Nos apretábamos la guata a carcajadas. El más idiota era yo que no sabía siquiera de qué me reía. Cuando Matías pudo controlarse un poco, me dijo: «Alguien podría sacarnos una foto ahora y le pondríamos de título Revolucionarios Profesionales». Al menos ya sabía de quienes nos reíamos, aunque ya no lo encontré tan gracioso.

Seguimos caminando en busca de una farmacia, pero por el camino se nos cruzó un boliche que bien pudo ser «El Brasil», porque el Brasil quedaba por esos lados, y pasamos a tomarnos unas cervezas bien frías. -Esto también disminuye el dolor y como es diurético te ayudará con la inflamación –dijo Matías, corrigiendo su receta anterior. Con cada cerveza nos reíamos más y más de nosotros mismos: los revolucionarios profesionales. Lástima, nunca nos tomamos una foto.

      


Alvaro Vallejos Villagrán «Matías», militante del MIR, estudiaba medicina. El defecto congénito que tenía que lo obligaba a caminar cojeando no impidió que fuera salvajemente torturado. Sus pasos se pierden en la colonia dirigida por el pederasta y pedófilo nazi Paul Shaeffer, llamada en paradoja «Dignidad».


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