TREN NOCTURNO HACIA LA ESPERANZA

Para CARLOS RIOSECO ESPINOZA
Por Hilda Espinoza Figueroa
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Escribir tiene muchas caras, casi tantas como los recuerdos





Había llegado el momento de cambiar de escenario, debías irte, buscar protección en la gran ciudad. Pero por donde; todos los puntos de acceso de nuestro querido Concepción estaban vigilados, existían múltiples controles policiales, con patrulleras que se desplazaban amenazantes controlando buses y autos.

-¿Qué hacer?- Sí, el tren nocturno a Santiago, aún tenía poca vigilancia. Esa sería la vía de escape. Llegaste de improviso, arriesgándote para despedirte, nos tomaste en tus brazos, protegiéndonos, con tus besos.

Tocabas cada rincón de nuestro hogar, para grabar en tu mente su olor su textura. Tomaste un bolso y quisiste guardar todo. Te fui pasando tu ropa y caricias que ibas guardando presuroso. Sólo lo más imprescindible, me repetías. ¡Serán pocos días! Es un viaje corto. ¡Esto no puede durar mucho! Nos dabas ánimos con una voz gruesa y con tus ojos húmedos. "Que nos cuidáramos, que cuidara a nuestro hijo, que él era la prolongación de la historia que comenzamos a construir y escribir". Tomaste el pequeño bolso, para no crear sospecha y encaminaste tus pasos rumbo a la estación. Allí estaba ella con sus innumerables recuerdos, con su colorido y gran mural relatando la historia de la ciudad. Lentamente te fuiste despidiendo de ella, el pequeño bolso te pesaba cada momento más... Miraste cauteloso antes de comprar tu boleto. No había nada anormal. Eso te dio cierta seguridad, la posible en esos momentos, y con pasos firmes te acercaste a la boletería por tu pasaje. Lentamente ingresaste al andén, el gran reloj indicaba que la faltaban cinco minutos para las veintidós horas, quedaban cinco minutos para decir adiós. Un gran pitazo te estremeció anunciando la salida del tren.

Con esfuerzo subiste los peldaños de carro, el bolso te molestaba mucho, lo miraste con cariño, era tan pequeño, pero te molestaba. Ya acomodado cerca de la puerta al lado de la ventana, se veían correr a los últimos pasajeros. Sonó el pito de partida y el ruido de los rieles empezó acompañarte. La estela del humo de la locomotora, ayudaba a esconder esa lágrima que amenazaba por salir y correr por tú mejilla. Era el adiós a parte de tú vida. Pero habías jurado que volverías pronto. ¡Sí volverías! Este era un viaje corto. La luces de la ciudad fueron pasando como luciérnagas reflejadas en las aguas del Bío Bío, que va bordeando la línea férrea hasta Chiguayante, tu hogar de la infancia. La marcha era lenta por lo sinuoso del trayecto. La vista nublada te impedía observarlo todo y el bolso aún te pesaba. Era una mochila que sólo tu veías. Tu familia, tu compañera, tu hijo, que quedaban solos. Tus padres, los amigos, los compañeros del partido, los alumnos de la escuelita a quienes les enseñabas Biología, los pacientes de la Escuela Dental. ¡Era tanto lo que ella guardaba! Trataste de acomodarla con mucho cuidado, para que nada se escapara, era tú razón de ser, tu vida. Por ella emprendías este viaje, no querías perder ninguno de sus tesoros. Las luces fueron reemplazadas por vendedores con sus canastos rebosantes de bebidas: la rica Malta, la Pílsener, la Bilz y la Pap. Tras ellos el revistero con La Ercilla, El Vea, El Condorito, para entretener y acortar el viaje. Los kilómetros pasan y pasan y nos llevan a nuestra primera parada San Rosendo. Se divisan las vendedoras de tortillas con sus delantales blancos.Todo tranquilo, no han subido policías al carro. Esto te permite relajarte un poco y bajar a la estación a estirar las piernas, y comprar las tortillas. A la distancia se ve el puente que lleva a Laja y al sur del país, se ven transeúntes presurosos caminado por él. Seguros preocupados por la cercanía del toque de queda. La marcha se reanuda lentamente, tratas de leer algo, pero estas inquieto. La llegada a Chillán, será distinta. Allí la cosa es más brava.

El tren va casi lleno y es posible pasar desapercibido. Es necesario relajarse y recordar otros viajes en este mismo tren. Paseos en familia, al campo de la Mamy, la abuela. Con los canastos llenos de golosinas, con pollo, con huevos y esos duraznos jugosos. ¡Qué hermosos días! Hoy sólo piensas en llegar a Santiago. Los pueblos fueron pasando uno a uno por la ventana, cada estación un paso más: Cabrero, Santa Cruz, Chillán. Paramos sólo unos minutos, y no se divisan patrullas, se notaba todo en calma, el corazón se te fue tranquilizando, sólo sentías el crujir de los rieles y los pitazos de cada estación, San Carlos, Parral.... Talca, ya estabamos en la mitad del recorrido. No podías dormir, la tensión, te mantenía en alerta. San Fernando: las estrellas fueron desapareciendo, atrás quedaba La Cruz del Sur, las Tres Marías, dando paso a un amanecer tranquilo, con vacas pastando en los potreros. Quedaba muy poco, habías logrado algo de tranquilidad ya que la patrulla policial que subió al carro, revisó la documentación de forma rutinaria y siguió su trabajo, sin mirarte, sin sospechar. Habían revisado a tantos esos días. Lograrías llegar a Santiago. San Bernardo, los vendedores rematan lo poco que les queda mientras recogen los envases vacíos, estamos llegando a la Estación Central... son cerca de las 8 de la mañana .Su hermosa arquitectura se deslumbra cada vez más, hoy la observas con otros ojos, sientes su fortaleza. Ella te dará seguridad.

Hay carros en las maestranzas cercanas, caras sonriendo esperando a los pasajeros del Sur. Y a ti, sólo te espera una gran ciudad, donde caminarás con tú pequeño bolso, cargado con un par de mudas de ropa y una gran mochila que fuiste llenando de besos, abrazos, carreras y saltos, y los alegres “ papito” de tu hijo, de miradas fotográficas que sacadas de cada rincón querido, de sus aromas, todo lo guardaste con mucho cuidado. Miras hacia atrás, y le dices adiós a tu querido Tren Nocturno. “ No te vayas sin mí.....”. le repites una y otra vez mientras tus pasos se pierden en la bruma de la mañana.


Viaje de Carlos Rioseco Espinoza, el Tren Nocturno aún lo espera para llevarlo de regreso a Concepción. Sus pasos fueron interrumpidos una tarde de enero de 1975, hasta hoy está detenido y desaparecido. Este viaje, su viaje, lo imaginó su compañera Hilda que se quedó esperándolo junto a su hijo Esteban Rioseco Espinoza.

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