Escribir tiene muchas caras, casi tantas como los recuerdos
Para CARLOS RIOSECO ESPINOZA
Por Esteban Rioseco Espinoza
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Tren nocturno hacia la esperanza





Al leer y releer aquellas notas escritas por todos los que conocieron a Carlos se van descubriendo esos pequeños recuerdos que la memoria se empeña en no olvidar.
Recuerdos que van desde la infancia, desde aquella plaza de maicillo que más de alguna rodilla rompió pasando por aquellas cartas llenas de reflexiones y de amor que viajaban rumbo al sur del país, o esas conversaciones largas y profundas que buscaban la solución a un mundo lleno de injusticias.
Carlos caminó muchos pasos que de alguna forma hemos ido reteniendo en el fondo de nuestra mente, guardando celosamente cada imagen.
Son ya treinta años, cuatro más de los que tenías cuando tus huellas dejaron de ser conocidas.
Escribir sobre ti es difícil, sólo compartimos tres años, para algunos tres años es muy poco para mi es toda una vida, una vida llena de recuerdos y de imágenes, una vida que dio inicio a otra vida, distinta diferente. Una vida que mi mente atesora en pequeños fragmentos. No recuerdo tu voz ni tus ojos. Pero, recuerdo un encuentro a la vuelta de una esquina para entrar a un hotel y ver un partido de fútbol en un televisor con pantalla verde, un trencito de madera con colores brillantes, un viaje en micro, un pollo con yoghurt, un pecho desnudo que me invitaba a jugar a los tilines, un pantalón café del que me aferraba. Estas imágenes son de mi vida de tres años, recuerdos que la bruma del tiempo no los tapa, están ahí presentes.
Hay tantas cosas que nunca pudimos conversar, tantos juegos que no llegamos a jugar. Es tanto tiempo que ha pasado.
Mi nueva vida comenzó el día que supe que ya no estarías más a mi lado. Recuerdo que lloré y corrí por ese patio de la casa de Orompello. Me sentí solo, abandonado. No entendía porque no estabas a mi lado y al lado de Mamá.
Esos años de infancia fueron difíciles.
En 1977 ingresé a tu mismo colegio, el Instituto de Humanidades. Colegio de clase media acomodada que gracias al esfuerzo de Mamá y de mi abuelo Carlos lograron pagar. En ese lugar me sentía extraño, todos mis compañeros tenían papá y yo no, cómo explicarlo. Mi papá se llama Carlos Rioseco y es un detenido desaparecido. Esta frase causaba asombro e incertidumbre. A lo largo del tiempo el ser hijo de un detenido desaparecido fue objeto de burlas y ataques, mis compañeros se reían y más aún se alejaban. Era un mal elemento, era hijo de un terrorista, de un criminal, cómo era posible que estuviera en ese lugar. El desprecio era claro, desde el rector hasta a alguno de los padres de mis compañeros. Sin embargo, a pesar de todas las miradas despreciativas había algo, tú me cuidaste de una manera especial. Nadie podía dudar de ti, de tu existencia. Tú estabas ahí conmigo, cada día. Tu nombre estaba escrito en un pequeño cuadro, donde cada año el colegio agregaba los alumnos que egresaban. Cuantas veces no leí esos nombres junto al tuyo, me reconfortaba que estuvieras ahí. Fueron doce años en que cada día estábamos los dos en clases.
El día de mi licenciatura fue especial, sólo Mamá, orgullosa y hermosa, estaba para entregarme mi licencia de cuarto medio, pero yo ya sabía que mi nombre se escribiría en la misma pared en que estabas tú. Ahí estábamos los dos, separados por un pequeño espacio
Tras mis pasos colegiales inicié mi etapa universitaria. Era 1990, se había iniciado una nueva etapa en nuestro país, se comenzaban lentamente a subir las vendas que cubrían los ojos de la sociedad. Eran los primeros días de democracia y Chile respiraba otro aire, se comenzaba a vislumbrar un respeto, aún lejano, por quienes pagaron con su vida el desear un mundo distinto.
Ese marzo de 1990 fue especial, por un lado ingresaba a la Universidad de Concepción y por otro debía presentarme al Servicio Militar. Esta última actividad fue en especial desagradable, si para alguien normal el estar formado escuchando los gritos de un milico es ya desagradable, el que una oficial te diga que mi padre fue uno de los que se comieron, fue una burla.
Uno de las primeras actividades de la Universidad fue la recepción de la Federación de Estudiantes a los mechones, fue en la Casa del Deporte. Ahí estábamos con mi buen amigo Pepe sentados en una de las graderías cuando comienzan a recordar a los estudiantes de la Universidad de Concepción detenidos desaparecidos, entre ellos tú. El escuchar nuevamente tu nombre en los espacios de tu querida Universidad fue emocionante. Tiempo después Pepe me diría que para él también fue impactante.
Por esos años comencé a conocerte de otra manera, ya no era un niño dolido por la falta de un padre. Viaje a Santiago un día del padre, necesitaba hablar contigo y me dirigí al Memorial del Cementerio General, ese día fue nuestra primera conversación de adultos. En ella saneamos nuestras heridas y comencé a verte en tu otra dimensión. La de un hombre que supo enfrentar y dar la cara en aquellos momentos en que la vida nos pone a prueba, tus ideas de un mundo más justo y solidario no se transaban. Era necesario luchar y tú lo hiciste dignamente. Quizás pecaste de ingenuo y no llegaste a pensar la dimensión de la represión que buscaba borrar atrozmente todo vestigio de ti y de tus compañeros.
Años más tarde conocí Villa Grimaldi, el estar en ese lugar me sobrecogió enormemente, el pensar en todo el dolor y horror que sufriste en aquel sitio escapa a mi dimensión de persona. Pero hay algo que me enseñó Mamá, la Hilda como todos la conocen, es que no hay que recordar con dolor sino con esperanza. Es esa esperanza la que hoy me ayuda a escribir, es esa esperanza que me llena cuando veo tu nombre escrito en los memoriales que hacen honor a tu nombre y al de muchos más. El Parque Por La Paz de Villa Grimaldi es un ejemplo de esperanza y de honor. Carlos y todos los que allí sufrieron recuperan su dignidad.
Papá ya son muchos años, pero te puedo decir que nunca dejé de estar orgulloso de ti. Te eche de menos, me enojé contigo. Pero siempre te respeté. Luchaste por tu causa, que no sólo era la tuya, era la mía también. Tus sueños de un mundo distinto, más justo y solidario son ideales que todavía están vigentes, podríamos diferir en los métodos, pero no en el fondo. Eres para mí y, sin duda para todos, un ejemplo; un ejemplo de dedicación y convicción, de un hombre que soñó un mundo mejor para su hijo y para todos los hijos de Chile.
En todos estos años Mamá ha estado a mi lado, apoyándome y ayudándome a crecer con amor y esperanza. Sin odios ni falsos dolores. Ella siempre me inculcó que el respeto y la dignidad nunca se transan, que siempre hay que mirar tu ejemplo de entrega y por sobre todo de amor. Esto es lo único que nunca nos podrán quitar y esa es la semilla que sembraste en este mundo.
Carlos, Papá, hoy la esperanza de un mundo mejor está en nuestras manos, tus ideales y tu ejemplo de rectitud iluminan mi andar. Camino en que hoy me acompaña Catherine, mi mujer. Sin duda que ya la conoces, te la presenté ante el Memorial de la Villa, me imagino que te sonreíste al vernos al frente de el. Catherine está a mi lado, ya te conoce y te dice tío. Ella sabe lo orgulloso que estoy de ti y lo orgulloso que estará nuestro futuro hijo de su abuelo Carlos.
Papá, tu vida nos marcó, todos de alguna manera te tenemos presente. Tus padres, tus tíos, tus hermanos, tus primos, tus sobrinos que no alcanzaron a conocerte, tus amigos y nuestros amigos te recuerdan.
Sólo puedo decirte Carlos que tu vida, tus alegrías y penas, tus enseñanzas y mensajes, están con nosotros. De alguna u otra manera tus pasos nunca dejarán de sonar por las calles de nuestras mentes.
Quisieron borrar tu presencia y no pudieron, quisieron que te olvidáramos y lo único que han logrado es que Carlos Ramón Rioseco Espinoza esté cada día más vivo en nosotros.
Un beso para ti Carlos, para ti Papá, estés donde estés, siempre estarás presente.
Un beso para ti Mamá por todo el amor y esfuerzo que has realizado a lo largo de estos años. Años de dolor y tristeza, años de amor y esperanza. Esperanza de encontrar el respeto por Carlos, tu esposo y mi Papá.

Penco, Diciembre de 2004. -

PAPÁ, ¿DÓNDE ESTÁS?

Esteban Rioseco E.

¿Dónde está?
La bala maldita
que manchó de sangre tu pecho
fértil, como la patria que me deseaste.

¿Dónde está?
la mano criminal
que escondió
tus blancos huesos
en la blanca montaña o en el azul mar.

¿Dónde estás?
¿Dónde estás?

Estás en mi,
en mi sangre,
en mi sombra,
en mis pasos,
en mis triunfos,
en mis derrotas.
Papá, tú no desapareciste,
estás en mi.

Tu oscuro fantasma me iluminó,
encendió vida a mis pasos
Alejó mi sombra de la oscuridad,
Me recogió en cada derrota.

Papá te he buscado en cada lugar,
en cada piedra
en cada gota de mar.
Sólo hoy te encontré,
nunca me dejaste,
fui yo quien no te vio.

Tus viejos huesos
lejos de nosotros nos llaman;
pero ya no los busco.

Busco la justicia,
busco el respeto mancillado,
tu sonrisa, que hoy se refleja en cada pizca de aire y agua.

Papá no dudaré en encontrarlos,
en reponer tu nombre
en devolverte a la vida.

Papá, mis pasos, seguirán los tuyos,
juntos crearemos ese cielo,
esa tierra que salvaste.
Esa tierra se mostrará el fuego ardiente de tú mirada
Que hoy comienza a enseñarme la vida.

Te quiero por todos esos momentos
en que si bien no estabas
eras parte de mi.

Concepción, Otoño de 1990.-


El relato "Escribir tiene muchas caras, casi tantas como los recuerdos" y el poema "Papá, ¿dónde estás?" fueron publicados por primera vez en el libro "Las buganvillas de Carlos", homenaje de su compañera Hilda Espinoza.
Carlos Rioseco Espinoza, estudiaba Odontología en la Universidad de Concepción, estudios que lo acercan a las prácticas de medicina social, dando atención a los sectores más desposeídos. En 1971 contrae matrimonio y nace su único hijo Esteban. Paralelamente ingresa al MIR. Es detenido por la DINA el 18 de Enero de 1975 en Viña del Mar, donde había sido enviado por su partido para luchar en la resistencia. Desde el Regimiento Maipo de Valparaíso es trasladado a Villa Grimaldi de donde, con 26 años, desaparece. Conozca en “Las historias que podemos contar, volumen uno” el texto “Tren nocturno hacia la esperanza”, homenaje de Hilda Espinoza para Carlos Rioseco.

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