Paine: más que sandías
Testimonio de Alejandro Bustos, "El Colorín de Paine"

Dedicado a esas mujeres que enviudaron mucho antes de que les correspondiera, y hoy viven sus penas en un callejón humilde pero tan noble.

A veces pienso que tal vez por mi mujer o por los niños debí aceptar lo que me ofrecían para que me mandara a cambiar, porque eso es lo que buscaban: "no verme más por Paine", pero yo consideré que eso habría sido venderme; y si hubiera sido por venderme habría recibido de comienzos la plata de los Carrasco. Claro que en ese tiempo todavía no tenía hijos ni mujer, pero sí el compromiso con los finaos, por eso me negué, me negué entonces y ahora después de todo estos años con mayor razón me sigo negando. Yo no me vendo.

Las cosas estaban malas, se escuchaban tiros todas las noches, de fusiles y pistolas. Serían unos diez días después del golpe cuando nos llamaron con don Carlos Pacheco y los otros compañeros. Carlos era el presidente del asentamiento, todos gente de trabajo. Les confieso sí, que yo ya había estado cerca de que me dieran de balazos, así que iba temeroso; es algo que no tengo por qué negarlo. A mí, el mismo día doce vinieron los carabineros a espantarme los caballos y a amenazarme diciendo que si arrancaba me iban a balear. Me llevaron después a la comisaría donde aquel zapatero maldito al que le decían "Relámpago" me rapó la cabeza como si hubiese estado preparando una suela o algún cuero de chivato. Me dejaron en el calabozo hasta que anocheció y, entonces junto a los otros que como yo tenían presos "por sospecha", nos abrieron la puerta para que escapáramos. Eramos Osvaldo Bustos, Angel Bustos, el chiquillo de los Suárez, el "pelao" Riveros, seis personas que salimos corriendo. Yo creí que iban a dispararnos por la espalda, pero igual corrí, me vine por toda la calle hacia los potreros. Toda la gente vio cómo escapábamos. Ahora me doy cuenta de que los pacos quizá no se atrevieron a matarnos por la gente que miraba, pero entonces creí que no, que nos habían perdonado, uno es muy inocente o muy tonto; por eso cuando vinieron a citarnos de nuevo y con buenas palabras decidimos ir, no habíamos hecho nada malo y pensamos que era mejor explicar que nosotros éramos lo que éramos, o sea personas tranquilas.

Nos recibió el carabinero Rivera pero alcancé a ver también en la guardia que estaban Claudio, José y Víctor Sagredo, todos ellos carabineros de Paine que yo conocía, en Paine nos conocimos todos, y conocimos también a los de Linderos y Huelquén. Don Francisco Luzoro estaba también ahí, pero él que era civil, daba las órdenes, o eso parecía; harto raro. "Llegaste atrasado Colorín", me dijo, y mientras yo trataba de darle explicaciones, llamó a un carabinero a revisarme por si traía armas. "Aquí vai a tener que hablar todo lo que sabís porque los otros ya nos contaron que erai vos el que llevabai la batuta", eso me dijo revisándome los bolsillos. Yo no tengo armas, así que el paco no me encontró nada pero se dio cuenta de que yo tenía los bolsillos con dinero.

"¿Qué traís ahí?", me preguntó. Eran cuarenta y cinco mil escudos que era harta plata, había vendido unos animales y ahora pienso que debí haberle dejado la plata a mi vieja. Pero ésa era mi plata, la había ganado bien y tenía mis derecho, aquel paco no podía robármela. Traté de explicarle que si me la quitaba no iba a poder comprar semillas ni abono ni nada, pero me hizo callar con un lumazo de punta en el estómago. "Sácate los zapatos", dijo, "tú ya no vai a necesitar más dinero". Después me obligaron a desnudarme y otros dos carabineros que no había visto, empezaron con que "cantara". Como yo les pregunté qué querían que cantara, me plantaron un palo en el espinazo y empezaron a darme también por los hombros con un "tonto de goma". "Habla", gritaban, "tenís que hablar", pero qué iba a decirles, y entonces, otro salió con que "a ustedes les llegaron más de cinco mil armas, tenís que decirme dónde las escondieron", y palo tras palo, "vos tenís que saber porque por algo estabai inscrito, te denunciaron, tenemos venticinco ahí adentro y van a tener que llegar todos los otros".

A esa altura yo les gritaba que no sabía nada de nada y que no tenía tampoco armas, pero entró uno más grande y me levantó del pelo, "desde cuándo erís rojo" me preguntó al oido, y yo le respondí que siempre había tenido el pelo rojo. "No te hagai el estúpido", gritó indignado, "los rojos son los comunistas, guevón". A partir de ahí comienzan otra sarta de palos. Meta palos conmigo en la espalda y la cabeza, alcancé a reconocer entre los que me pegaban a los carabineros Olguín, Reyes y Leiva, pero un poco después perdí el conocimiento. Me despertaron con un balde de agua, no podía abrir los ojos, los tenía como pelotas. Me levantaron entre tres y me sentaron en una banca. "Tengo sed" les dije y mejor me hubiera quedado mudo, porque trajeron una jarra de vino y me obligaron a tragarlo. Les gritaba que no, pero me lo seguían echando hasta por las narices. Traté entonces de ponerme de pie, pero uno de ellos dijo, "a este guevón hay que amarrarlo, se está haciendo el leso". Vino otro entonces con un alambre y me amarró las manos atrás por la nuca, después me empujaron de la banca para dejarme botado en el suelo. Cuando empezó a oscurecer, sacaron unas chuicas de vino y empezaron a prender fuego para un asado. Había carabineros y civiles, casi todos camioneros. Estaban los Carrasco, el Tito y el Toño Ruiz Tagle, el peluquero Aguilera, el Pato Meza, Miguel González, Carlos Sánchez, el Jara, el Cristián Kast, Larraín, Suazo. Eran unos quince civiles y unos dieciocho carabineros, yo los veía desde mi rincón cómo se reían y emborrachaban, pero estaba muy quieto, porque cuando se acordaban de mí, se acercaban civiles o pacos a darme de puntapiés por las costillas. Al rato vinieron a hacerme tragar más vino y uno dijo "a este guevón hay que pasarlo pa'dentro, pa'que sepa lo que es canela", entonces Retamal me sacó el alambre y empezaron a empujarme al calabozo. Estaba muy oscuro y había mucha gente parecía. Apenas cerraron la puerta las personas que había adentro empezaron a preguntarme si estaba bien. "Es el Colorín", dijo uno en voz baja que no alcancé a reconocer porque entraron los pacos casi en seguida y me sacaron al pasillo. "Tenís que decir toda la verdad, ¿son o no son comunistas los que estaban ahí adentro?". Como yo les dije que no, me pescaron a cachetadas y el Moya gritaba que si estábamos metidos en la "JAP", estábamos en política, "y en qué entrenamiento andabai metido, guevón, p'tas que soy bueno pa'mentir". Se aburrieron de pegarme. "Vamos a comer será mejor", dijo uno y me empujaron de nuevo al calabozo. Un rato después empecé a reconocer a los compañeros, eran todos gente re buena, Carlos Chávez, Luis Ramírez, Orlando Pereira, Raúl Lazo, también Calderón el del Escorial. Empezamos a conversar entre nosotros, de quienes éramos y si estábamos heridos; varios me preguntaban si había visto a sus esposas.

Serían, creo, la una de la mañana, cuando el paco Retamal abrió la puerta del calabozo, con él entraron Leiva y Manuel Reyes, carabineros también. Nos hicieron salir por detrás de la guardia mientras Claudio Obregón y Carrasco nos nombraban por una lista. Cuando le tocó salir a Calderón, Carrasco le dijo "vos te quedai por ahora", y lo devolvieron pa'dentro cerrándole la puerta. Atrás de la guardia nos esperaba un furgón verde y el auto crema de los Carrasco, también estaba la camioneta verde de don Jorge Sepúlveda, la camioneta amarilla de Obregón, y el auto de González. Nos subieron al furgón y los autos partieron, los propios dueños los manejaban. El furgón iba al final de la fila y lo conducía el carabinero Juan Valenzuela. Nosotros nos preguntábamos mientras tanto que si estarían llevándonos al Estadio Nacional o al Chile o al Regimiento de Chena, sólo ese tipo de sitios nos imaginábamos pero, a pesar de la sospecha tremenda, a ninguno se le ocurrió mencionar que nos llevaban a algún escondrijo para matarnos. Mucho más allá, cuando el finao Ramírez que era evangélico empezó a orar, se me puso la carne de gallina; supongo que a todos les pasó lo mismo porque empezaron a encomendarse a Dios, a los santos; yo también recé porque soy católico, devoto de la Virgen. Llegó un momento en que nadie más conversó de nada con nadie, no nos atrevíamos supongo porque era evidente. Recién por Champa el finado Chávez lo dijo, estábamos todos rezando y él nos interrumpió, "van a matarnos", dijo enronquecido, después en voz baja agregó, "el que quede vivo que sea hombre y cuente dónde van a botarnos". Un momento más tarde, como si hubiera tenido una revelación, me dijo, "usted Alejo, que va salvarse, avise que estamos muertos".

Cuando nos bajaron del furgón y vimos en fila los autos con los faroles encendidos, no nos cupo duda. Hasta allí yo todavía creía que podían estar amenazándonos solamente, pero empezaron a empuñar las metralletas, todos ellos, civiles y carabineros, nada más que hablar. El sargento Reyes nos condujo a empujones a la orilla del río, y burlándose de nosotros nos hizo levantar los brazos, "¡vamos a matarlos por no ponerse de acuerdo en sus mentiras!". Sucedió todo en un segundo, lenguas de fuego salieron por los cañones y las ráfagas comenzaron a rugir. La noche pareció iluminarse con demonios y una quemazón en el brazo me echó al suelo, cai revolcándome, Orlando Pereira cayó encima mío, su sangre corrió por mi cuerpo. Quedé de costillas al lado del sargento Reyes y Pancho Luzoro gritó "éste ya está muerto!", entonces con Daniel Carrasco me tomaron de las piernas para arrojarme al agua. Pero no alcancé a caer, unas moras me detuvieron. Desde allí alcancé a ver cómo a los otros los remataban, o no sé si estaban todavía vivos porque eran miles de balazos y les seguían disparando. Creo que casi todos ya estaban muertos, pero igual, pararon de disparar y empezaron a torturarlos. Vi cómo a Raúl Lazo le sacaban los ojos y la lengua, pero al menos gritaba, a los otros les aplastaban la cabeza con peñascos, con palos. Parece que ya no les quedaban balas, todo era ahora con piedras y cuchillos, y entonces los empiezan a empujar al agua como a mí. Tiran a Orlando Pereira pa'abajo y cae encima mío, y ahí sí que me fui abajo, se desprendieron las moras, la corriente estaba fuerte. Empecé a ahogarme y en mi desesperación me agarré de una raíz de sauce y un remolino comenzó a darme vueltas. Una persona a mi lado se ahogaba también, se hundía y salía a ratos; era el mismito Orlando Pereira, "soy yo Colorín", me dijo, con la cantidad de cortes y heridas que tenía logró reconocerme. Después me pidió que lo tratara de sacar del agua, pero yo no me lo podía porque estaba con el brazo dormido, ni siquiera lo sentía; él sin embargo no sé cómo pudo sacarse una chomba que llevaba puesta y se la cruzó por la cintura, quería amarrarse de la raíz pero yo no pude seguir afirmándome y el agua nos arrastró hasta otro remolino que comenzó a darnos vueltas hundiéndonos. Trataba de respirar las veces que salíamos a flote, era lo único que me importaba, se me ocurre que yo mismo me había abandonado, aunque con el brazo bueno continuaba tomado Orlando no sé si para salvarme yo o para salvarlo a él. Veía todo negro y sólo sombras que giraban y giraban. En una de esas vueltas el remolino nos empujó a un banco de arena y ayudándome un poco logré varar allí, pero a Pereira ya no lo alcanzaba. De repente el remolino lo reflotó y ahí sí que pude, lo tenía agarrado de la chomba apenas, pero de a poco lo fui tirando hasta que varó también al lado mío. En ese momento justo se limpió la luna y pude verlo clarito, entonces me dijo "hasta aquí no más Rucio, voy a morirme", y se echó sobre mis piernas tiritando y tiritando hasta que ya no se movió más. Tuve que sacármelo de encima. Murió a mi lado sin que yo pudiera hacer nada, nada; me dejó ahí solo y no veía a ninguno de los otros, pero sí el resplandor de los autos de nuestros fusiladores que se retiraban, los motores me quedaron sonando el cerebro, después nada más. Tenía que reaccionar para ver al menos dónde estaba y lo conseguí en una curva un poco más allá, donde alcancé a ver esos riscos grandes donde tiraban las naranjas malas; allí mismo nos habían botado, como a fruta podrida. Trataría de salir de algún modo, además ya no había más que hacer con el pobre de Orlando, quedó allí varado en el banco de arena. Me puse su chomba en la herida y me arrastré entre medio de las moras.

Ya eran, creo, las tres y media de la mañana cuando divisé una casa; era una silueta apenas y sentía cacareo de gallinas, los perros aullaban amenazándome. En el corredor había una toalla grande y con ella me cubrí para golpear la puerta, no ven que todavía estaba medio pilucho. Que me ayudaran allí era mi esperanza, pero la gente me contestó desde adentro que si me habían baleado los carabineros no podían ayudarme sino lo contrario, y si no me iba iban a llamarlos. Era la casa de los Ayala, pensé que a lo mejor tendrían miedo, así que salí al camino que va a las casas del señor Barriga, encontré un ranchito donde un caballero me salió con lo mismo, que no podía ayudarme, sin embargo al verme desnudo, me acercó una chaqueta y una caja de fósforos. Me puse la chaqueta sobre la toalla y se me quitó algo el frío, aunque un poco más allá tuve que botarlas porque estaba todo ensangrentado. Seguí pilucho y traté de hacer fuego, pero tiritaba y se me apagaban los fósforos, además, parece que las ramas y las hojas estaban humedecidas. Llegué a un corralón donde habían unos bueyes echados y tuve una idea genial: pasé por entremedio de unas varas, junté un poco de paja y me acosté entre ellos, así logré calentarme hasta que me dormí. Desperté al otro día con sed y vomitando sangre, tenía, parece, harta fiebre, la herida del brazo estaba baboseada. Se me ocurre que los bueyes me la habían lambido quizá por el olor de la sangre. Me habían limpiado la herida y gracias a ellos no me entumí. Caminé otro poco hacia los cerros hasta que encontré una vertiente que da agua tibia. Pude lavarme bien y descansar algo al calor, claro que casi no podía caminar, así que pensando en que los Ayala, capaz cumplían su amenaza de denunciarme, salí gateando entre unos caballos hasta que trapasé un portón de fierro grande donde se veía una casa, no fue fácil. Los perros ladraban y ladraban y salieron dos muchachos como de catorce con don Cristián Acevedo en calzoncillos, me preguntaban qué me pasaba. Yo ya no sabía si podía decírselos o no, pero parece que entendieron y los muchachos me llevaron hacía el río para esconderme entre los matorrales, al poco rato volvieron con café caliente y unas mantas.

Reaccioné, incluso pude ver que había un cerro en frente nuestro, antes estaba con la vista nublada. Pregunté entonces qué cerro era ése y uno de los muchachos dijo "el Collipeumo". Recordé entonces que por ahí vivía uno de mis tios, Marete Galvarino, y se los dije, ellos lo conocían así que salieron a buscarlo. "Por mientras vamos a dejarlo aquí amigo", dijeron y antes de partir trataron de esconderme lo mejor que pudieron echándome encima unos matorrales. Lo malo fue que al rato aclaró más y el matorral ya no fue suficiente. De hecho, pasó un grupo de señores y se dieron cuenta de que yo estaba allí escondido. No alcancé a escapar, cómo iba a escapar si casi no podía moverme. "No se asuste", dijeron, "nosotros vimos el fusilamiento, estábamos mirando desde atrás de los pacos pero mirando no más". A mí me vino toda la sospecha porque imaginé que, poco menos, habrían estado gozando del espectáculo. Ellos trataban de hacerse los amigos, "que bueno que se salvó, joven", "usted es al que le dicen el Colorín, ¿no?", "¿de cuál fundo es usted para avisar?". Claro que cuando les pedí que me ayudaran a volver al "Paula Jaraquemada" se negaron. Dijeron que no eran capaces, que no tenían camioneta y esas cosas, entonces supe que no eran buenos y que de seguro iban a denunciarme; por eso en cuanto se fueron me arrastré como pude y crucé al otro lado del río por los sauces, donde había un tronco grande que ocupaban de puente. Ya al otro lado anduve unos mil metros, creo, hasta que llegué a un bosque grande donde pensé que ya no iban a encontrarme. Claro que tampoco me iban a encontrar los chiquillos ni mi tio, bueno, pero me tenía que esconder, no podía arriesgarme, crucé por eso por el agua para borrar el rastro y ahí me quedé entre unas totoras y unos matorrales. A la media hora escuché ladrar perros, no había duda, me andaban buscando, pero quién, ¿los pacos?, ¿los señores?, ¿mi tío? Eran ladridos tras ladridos y voces a lo lejos, pero al parecer no podían acercarse, creo que los perros estaban confundidos con mi sangre en el río y de ahí no eran capaces de seguir.

Pasó un rato largo, en que recé, sí, recé, por qué no. Recé hasta que apareció un perro en el borde de las totoras y empezó a ladrar y a ladrar mientras me mostraba los dientes. Escuché que los hombre venían corriendo a ver lo que el perro les indicaba y en mi desesperación agarré una especie de tranca que había y juré que si eran los pacos iba a darle a alguno, qué importaba lo que pasara después, igual ya sabía que iban a matarme. Tuve mucha suerte, se abrieron los matorrales y aparecieron los Acevedo con mi tío, venían también con otro señor y entre los cuatro me socorrieron. Querían llevarme a la casa de mi tío que no era cerca, tuvieron que cargarme al hombro para eso sus buenos cuatro kilómetros. Allí me vendaron el brazo lo mejor que pudieron y me pusieron desinfectante. Me obligaron también a comer pan y a beber café con agua ardiente. Después me dejaron que durmiera.

No sé cuánto dormí, había perdido la cuenta de la hora y de los días, sólo sé que desperté con el sol entrando fuerte por los vidrios y la mujer de mi tío venía con un plato con caldo caliente, ella misma me lo fue dando en la boca. En cuanto pude hablar les conté a todos la historia, el tío estaba con miedo, yo me daba cuenta; no era para menos si de hecho los carabineros, según supe, ya habían ido a preguntar por mí a la casa de los Acevedo y ellos les habían dicho que no me habían visto; lo que quiere decir que los famosos señores que vieron el fusilamiento me habían delatado, yo tenía razón. Ellos de seguro les habrían dicho en qué matorrales estaba escondido y lo más probable era que al no encontrarme habrían ido a buscar perros y volverían en cualquier momento, tenían que sacarme por eso de la casa del tío lo más rápido que pudieran; y cómo si casi no podían moverme. Para entonces llegó mi hermano, creo que fue poco rato después, pero a mí con la fiebre tremenda se me hacía todo casi eterno. El fue el que dio la idea de pedirle ayuda a su comandante Ottone, mi hermano era el cocinero de la FACH. "El comandante es muy buen gallo y le gusta mucho lo que cocino". Y así lo hicieron, partieron a conversar con él y por suerte no se equivocaron, porque el comandante mandó a hacerse cargo de mí al teniente Rosas que llegó a buscarme con cuatro milicos, todos de aviación. Me llevaron primero de pasada a mi casa para que pudiera ver a mi mamá porque pensaban que podía morirme, y de ahí seguimos a la Escuela de Aviación.

Parece que estaba muy mal, el médico hizo que me pusieran oxígeno de inmediato y suero. Me llevaban por unos pasillos en camilla y yo me iba desmayando, después inyecciones tras inyecciones, y transfusiones de sangre. Estuve ahí todo el día y toda la noche, y al otro día me llevaron al Barros Luco donde me pusieron otra cantidad de remedios y me enyesaron el brazo. "Por suerte la bala salió limpia", dijo el doctor. Me devolvieron entonces a la Escuela de aviación, y el comandante Ottone quiso hablar conmigo a solas, "cuéntame la firme Colorín, ¿por qué trataron de fusilarte?, dímelo no más que es pa'saber". Yo le contesté que a lo mejor era por lo del asentamiento y la Reforma Agraria, o por las JAP, o no sé, pero lo que yo más creía era que se habían equivocado o alguien me había denunciado por envidia, "hay gente muy re mala, fíjese". "Te creo", dijo, "te creo, ¿no querís quedarte en mi casa mejor?". La verdad es que a esa altura yo lo único que quería era morirme y ya no me importaba pa'donde me llevaran o dónde me dejaran, pero medio atontado como estaba logré calcular que si él decía eso, sería porque ni ahí en la FACH estaría a salvo de los pacos y que lo más probable era que él estuviera corriendo un riesgo al ayudarme y sólo de pura buena gente.

Estaba re equivocado, ahora lo sé, imagínense que hasta esta conversación con el comandante, yo creía que los pacos me habían apresado la primera vez por error y que incluso por error nos habían tratado de fusilar la segunda vez; lo único que me hizo entrar en razón fue que el comandante estuviera con susto, ¿qué equivocación podía haber si ni siquiera él se atrevía a aclararla? Había que entender no más que querían verme muerto, no había otra razón. "Prefiero que me lleven donde mi hermano", le contesté entonces para no seguir arriesgándolo, él estuvo de acuerdo; así, hizo que me sacaran para allá en secreto. En la casa de mi hermano estuve escondido varios días en que sólo salía para ir con él en auto a que me controlaran en el Barros Luco. Recién me atreví a volver a mi casa a comienzos de octubre, tenía la cabeza llena de machucones que se me notaban bastante porque sin pelo no podía disimularlos. Mi hermano me dejó en su auto sólo hasta la carretera para que allí yo tomara la micro, si la gente me veía llegar en micro iba a creer que todo estaba bien, qué iban a pensar en cambio de verme llegar en auto y medio herido. Llegué por eso en micro hasta "La Paloma", de ahí tenía que caminar hasta la casa todavía, pero me faltaba pasar mucho susto por todavía. Apenas bajé veo al Perico Jara con cuatro carabineros, yo pensé en pasar de largo pero ellos ya me habían visto. Entonces el Perico le dijo a los otros, "¿no fue ése el guevón que fusilamos?". Yo venía tratando de que no me reconocieran con un sombrero negro grande y a lo mejor no estuvieron seguros de que era yo o no sé, porque toda la gente que se me cruzaba me quedaba mirando y murmuraba, pero nadie se atrevía a preguntarme nada, nadie me detuvo. Llegué a salvo hasta mi casa y mis viejos me recibieron llorando, sobre todo mi mamá que me miraba el brazo y la cabeza con cara de pena, una cosa era verme con el pelo cortado y otra con la cabeza llena de machucones y el brazo roto, estaba muerta de impresión la pobre. Ella misma me acostó como cuando era niño y después, cuando mi papá salió a buscar algo para que comiéramos, estuvo llorando.

A los tres días volví al trabajo, todavía tenía que ir de vez en cuando a los controles al hospital, pero decidí salir al trabajo porque tenía que saber cómo iban a recibirme, eso era lo más importante. Por suerte mis compañeros del asentamiento me recibieron re bien, todos me trataban como antes, yo les contaba lo que había sucedido y lo que había sucedido con los finaos. También les contaba los detalles de cómo había logrado salvarme. El que nunca se acercó a mí de nuevo fue Carlos Pacheco, ése que era el presidente del asentamiento y que se presentó conmigo en la comisaría aquel famoso día del fusilamiento. Al tiempo lo encontré un día a solas y quise preguntarle por qué había hecho eso con nosotros, cuando nosotros no teníamos arte ni parte en cosas de política. Me contestó que él no había hecho nada, que el culpable era Ricardo Salinas. Le echaba la culpa a Ricardo Salinas, y yo no le creí, porque por algo esa vez pasó a las oficinas y nosotros a la guardia, además alguna razón tendría que haber para que no se atreviera a hablar conmigo. "¿Y qué sabía de nosotros el tal Salinas, cuando era un simple trabajador no más?", le dije, y salió entonces con que había sido algo que habían hecho de lesos porque no habían sabido qué decir cuando les preguntaron. No lo dejé que siguiera mintiendo, "hiciste esto a conciencia porque nos teniai mala por diversas maneras, el Ricardo Salinas no le tenía mala al finao Carlos Chávez por ejemplo, pero tú le teniai mala a Orlando Pereira, le teniai envidia, teniai envidia de todos nosotros". Claro que él insistió en que no, "los embarramos porque si no nos embarraban a nosotros, era la única manera que teníamos de salvarnos". Pero miente, lo tenían todo arreglado del comienzo, últimamente he venido a saber donde hicieron la lista con todos los compañeros muertos. Todo lo planearon donde el loco Pacheco, Luis Pacheco, hicieron una lista para delatar a veinticinco compañeros y entre ellos estábamos casi todos nosotros con los finaos, Manolito Romero, Juan Peralta, Juan Jara, Miguel Caro, Arturo Lizama, el otro Lizama, Arturo Carreño, Raúl Toro, Nestor Videla, Amado Salinas, Jorge Salinas.

Esas eran las personas más o menos, y también estábamos los que éramos del asentamiento, yo y los otros que se salvaron porque no se atrevieron a presentarse en la comisaría en aquel día maldito, y me cuentan que como quedé vivo no pudieron seguir haciendo nada; para ellos yo era un peligro tremendo y no me iban a dejar tranquilo. Un mozo que tenían los pacos me contó una tarde que no me agarraban porque estaban dateados, sabían que a mí me protegía un comandante de la FACH, pero que tarde o temprano iban a decidirse, dependía más bien de mí, de "cómo me portara".

Alcanzó a pasar un tiempo antes de que se decidieran a echarme el guante, me habían estado hostigando con diversas cuestiones y tratando de que no me dieran trabajo, por ahí apareció también el primer ofrecimiento de los Carrasco con dinero para que me fuera; eso era al parecer lo que querían, no querían verme más; en vez de eso me salió asignada una parcela, todos los del asentamiento fuimos asignados. Yo levanté mi ranchito contento, pero ellos no estaban tranquilos, el propio gobernador que habían recién nombrado me mandó a llamar "para hacer un negocio", era el Capitán Bravo. "No te gustaría irte pa'l norte", dijo "yo tengo una parcela allá con animales y todo, si querís te la cambio, o mejor te la doy, es que mejor te vai de aquí porque no van a dejarte tranquilo nunca".

Yo le contesté que no pensaba en irme porque no había hecho nada malo, "lo malo lo hicieron ustedes", le dije, y él trato de sacarse los pillos, "yo no he hecho nada malo". "Cómo que no, si usted daba las ordenes, usted y el sargento Reyes eran los que mandaban", se hacía el inocente, "estai mal Colorín". "Estaré bien o mal, pero de aquí no me voy, toda mi familia está en Paine, de aquí me sacan sólo muerto", "es que vai a tener muchos problemas si hablai, carajo", me gritó cuando ya iba saliendo. Todo eso era porque habían comenzado un juicio para averiguar lo que había pasado y yo dije delante de todos que iba a declarar. Me estaba "portando mal", es que repito: tenía un compromiso de honor con los finaos, sobre todo con Chávez, y tenía la obligación entonces de decir la verdad; claro que en la fiscalía parecía más bien que yo era el culpable. Me carearon con ellos y cuando terminamos el general de la Escuela Militar que era el hombre importante, se fue conversando con ellos y a mí me dejó esperando sin saber qué pasaba. Yo que siempre tuve inventiva me acerqué un poco a la puerta y escuché que los tiras decían que los otros se iban por falta de méritos pero que a mí me iban a llevar a un sitio quien sabe pa'donde. ¿Para qué irían a llevarme pa'ninguna parte, sino para fusilarme?, para eso no más, me quedó claro. Tuve entonces una idea genial, me puse a golpear la puerta y les dije que tenía a mi señora en la Plaza Bulnes desde las diez y media esperando y que además ella andaba con la guagua, así que tenía que irme. Se miraron unos con otros y uno de ellos leyó mi declaración, "cómo aquí dice que eris soltero?", le contesté que soltero pero casado de "juntos no más". Fueron a buscar entonces a un oficial y le explicaron. "Vamos a ver a tu mujer", dijo él. Las vi verde, salieron conmigo para afuera y para mi suerte habían dos señoras sentadas en un escaño y justo una estaba con guagua. "Esa es", les dije y ellos no podían creerlo. "¿Cómo podía saber ella donde íbamos a interrogarte?", preguntó el fiscal. Pero yo estaba muy astuto, el susto lo pone a uno astuto. "Cómo no iba a saber, si se vino conmigo en el jeep en que ustedes mandaron a buscarme". "¿Quién trajo a este roto?", gritó el oficial indignado. "Fue Tellez que anda almorzando, mi sargento", le contestaron. Pero el oficial era astuto también: "si esa es tu mujer, entonces anda a encontrarte con ella y le das un beso". Y yo qué podía hacer... partí pa'llá, sabiendo que ellos estaban fijándose para saber si era cierto lo que yo les decía, así que seguí no más y me senté a su lado disimulando. Les pregunté la hora y ellas un poco desconcertadas me la dijeron. Pero ahora venía lo bueno, me acerqué a la que tenía en brazos a la guagua, que era la más joven, y le pregunté si le podía dar un beso. Ella no me dijo que sí ni que no, así que estaba alargando los labios, pero justo en ese momento se ponen de pie porque les para una micro p'a San Bernardo y suben, y yo me subo con ellas; la micro parte de inmediato. Pagué y me fui a sentar al último asiento para verlos, todavía estaban mirando sin atinar a correr y la micro ya había ganado velocidad, era demasiado tarde; se quedaron atrás haciendo gestos con las manos. Un poco después me bajé porque vi un taxi desocupado atrás y lo tomé hasta la panamericana. Antes me despedí de las señoras, que seguían mirándome asombradas sin poder imaginarse lo que me estaba pasando.

Me bajé en San Bernardo para contárselo a mi hermano y él recién me confesó que el comandante Ottone le había dicho que tarde o temprano iban a tratar de matarme, "yo no te lo quise decir, Colorín, para que no te preocuparai tanto", después salió con que por lo menos él me había dicho que no anduviera nunca solo, porque cuando uno anda solo lo pueden hacer desaparecer, y que eso se lo había advertido a él algún otro oficial de a los que él les cocinaba. Eso era cierto, él me había dicho que no anduviera solo y ahora sé que los propios soldados se lo habían insinuado. "Por eso se me ocurrió lo de que andaba con mi señora, poh", le respondí. Pero él tenía mucha razón, no iba a poder nunca más andar solo.

"¿Y por qué teniai que ir a declarar a ninguna parte?, ¿que no veís que todos ellos están de acuerdo?", me dijo mi hermano antes de que me bajara de su auto frente a Paine. No pasaron cinco días antes de que los carabineros volvieran, hicieron como que era un operativo. Venían con Pancho Luzoro que es civil, los carabineros eran entre otros Carrasco, Claudio Obregón y Víctor Sagredo, pero había más, eran por todo unos seis. Víctor Sagredo me dijo, "¿qué estai cosechando?", y agregó, "vai a tener que cargar todo de nuevo porque esto es robado", "no poh", le contesté, "esto es mío". Y él dijo, "aquí las vai a pagar guevón por haberme hecho ir a la fiscalía", "pero si yo sólo he dicho la verdad, usted andaba en la matanza cuando fueron a fusilar a la gente, cree que no me acuerdo". Y me contestó, "hay algunos que no les sabiai el nombre y esos sí que son malos y van a cargarte, las vai a pagar bien pagadas guevón, descárgate el maíz". Yo le insistí en que no, y él, "vai a tener que ir a cargar una curahuilla también". Y yo, "no cargo na' porque no he roba'o na'a", "vai a tener que traerla no más pa'ca". Entre dos carabineros me llevaron pa'l cerro donde estaba la curahuilla, principiaron pegándome un palo en el espinazo. Dos pacos se quedaron donde estábamos y los otros con Víctor Sagredo me echaron una carga al hombro y me hicieron devolverme a donde estaban los otros.

Ellos venían atrás muy cerca. Esperé que llegáramos al llano, ahí cuando vi al Víctor medio descuidado, me aprovecho y le mando tremendo combo. Uno sólo no más y me escapo entremedio del maíz, ellos meta balazos conmigo, el Sagredo gritaba como berraco que me agarraran pero yo me tiré a una acequia y me vine con la corriente hasta la misma casa. Salí un poco más allá del cierre, pero alcanzaba a ver a los carabineros. Me saqué entonces una camisa amarilla que andaba trayendo y me la amarre en la cabeza. Así pasé hasta la casa delante de los pacos que me miraban sin reconocerme y me preguntaban si acaso había visto al Colorín. Me escondí entonces hasta que vi que partían al cerro de nuevo a buscarme y aproveché para salir. Ya en el camino, uno que pasó en moto me quiso ayudar cuando supo que iban a matarme. Me fue a dejar hasta Alto Jahuel, de ahí tomé una micro hasta Buin y de ahí a San Bernardo. De donde mi hermano llamamos al comandante y él nos pasó a buscar para traerme de vuelta a Paine.

Por su propia iniciativa pasó a hablar donde los pacos y les paró el carro, "las cosas ya no son como antes", nos dijo a nosotros, pero no sé qué le diría al capitán porque nos dejó esperando afuera; después de eso los carabineros dejaron de molestarme. Estuve tranquilo un buen tiempo hasta una mañana en que llegaron preguntando si sabía de gente que pasara con animales. Les dije que no, que estaba todo cerrado, pero recuerdo muy bien que traían una bolsa de nylon con una mata dentro. Venían a tratar de inculparme otra vez. Dijeron, "¿conocís esta cuestión?", yo les contesté que no, y ellos, "esto es cáñamo marihuana y vos la tenís sembrada aquí", y yo, "ustedes la trajeron de afuera, los vi cuando pasaron el puente". Ellos respondieron, "putas que soy metiroso, "¿qué es lo que tenís entonces?", "tengo melones y zapallos, zanahorias, betarragas, también tierra de hoja, pero no tengo de las matas que ustedes trajeron", "¿y eso que tenís sembrado por la orilla del alambrado no es marihuana acaso?", "eso", les dije yo, "es pórimo y yerbas que salen solas". "Vai a tener que cortar todo eso pa'que lo llevemos a la tenencia con nosotros". Llamaron por radio y llegó una camioneta cargada con la cuestión de afuera, me hicieron cortar entonces algunas malezas del borde y echarlas a la camioneta. Estuve dos días preso, pero cuando me pasaron a declarar ante el juez le conté la verdad completa y por qué querían inculparme; tuve que contarle toda mi historia con todos los detalles, me dejó libre, me creyó supongo, porque me miraba con espanto.

No crean sin embargo que la han sacado gratis, una vez al menos yo también les di guaraca. Fue una mañana que me estaba tomando una bebida ahí donde Venegas y me encuentro a boca de jarro con los Carrasco bajando de su camioneta. Confieso que yo claramente me serví un trago de vino más sólo pa'buscarles mocha. Sin decir agua va los agarré a botellazos, le pegué al Daniel y a los otros, les quebré el parabrizas del camión. Esa mañana la gocé aunque llamaron a los pacos y sé que me buscaron por todas partes; pero no pudieron encontrarme porque me escondí donde las monjas. La pasé fondeado con ellas todo el día y ya después se pegaron la cachá y me dejaron tranquilo. Algo debe haberles dicho su capitán. Así me la he llevado, palo a palo, y las cosas se ponen duras, los patrones casi no me dan trabajo, son todos amigos. "No hay pega pa'l Colorín", dicen, y así me han ido acogotando, mi familia se ha vuelto grande, somos once, nueve hijos, y la mayor tiene dieciséis años. Hay gente que me ayuda porque confían en que alguna vez les pague cuando llegue la reparación, como el panadero por ejemplo, él me deja pan y yo le pago cuando puedo, ahora le debo harta plata porque un sinvergüenza se quedó con mi ganancia, Claudio Vicuña se llama, trabajé con él ciento cincuenta mil pesos por mitades, pero después salió con que para mí sólo el veinte por ciento.

Se aprovechan porque yo no puedo ir a acusarlos a los pacos. Algunos se aprovechan, otros me temen y otros se hacen los buenos, el comandante Ottone era bueno de verdad, ahora es comandante de la Capitán Avalos. Pero Guido Ayala, por ejemplo, no quiso ayudarme y sé que le dijo a un tío mío que él me había ayudado a que no me muriera; pero miente, me echó mal herido de sus tierras, sin embargo parece que está arrepentido porque para una pascua les fue a dejar un regalo a mis cabros. Quizá por eso es que espero que haya justicia alguna vez, creo que todos queremos que haya justicia o justicia divina que sea, pero algo tendrá que haber porque conmigo tienen un testigo. No se puede acusar a una persona sin tener testigos, pero yo los vi, lo vi todo. Sólo nos hace falta un abogado que vaya a la pelea con nosotros de verdad y que presente una querella criminal contra todos estos asesinos para que vayan presos de una vez. Eso sería hacerles además un favor, no ven que como no hay justicia, la propia conciencia los está matando; se están volviendo locos como el José Retamal, como el zapatero que nos rapaba por martirizarnos, gordo y pelado como foca que era, murió en plena cama con una puta. Hay otros que casi viven en la iglesia, como los Kast, donde el cura Guido los perdonó y sigue perdonándolos, se golpean el pecho como demonios, reconocerán muchas culpas imagino. Tienen los días contados, de mí se aprovechan los apatronados que no estuvieron metidos en el fusilamiento en forma directa, pero los otros no, ésos todo lo contrario, ahora cuando se cruzan conmigo agachan la cabeza o tratan de saludar; claro que yo los miro así no más, como por encima del hombro.

Por algunos siento lástima pero por otros siento odio, ganas de matarlos, pienso entonces en mis hijos y me contengo, mi mujer además me dice "Colorín, qué sacai, piénsalo bien, ellos van a ir a descansar y tú te vai a ir al sufrimiento, vai a estar en la cárcel, vai a hacer pasar hambre a tus hijos, vai a hacerlos llorar; ellos tienen toda la plata del mundo y te van a meter pa'entro aunque tengai la razón". Yo le hago caso, claro, pero no entiendo nada de eso de la reconciliación, qué reconciliación si no se hace justicia. Cómo voy a reconciliarme si no veo que ellos vayan presos. Yo estuve en la cárcel ahí me tuvieron por cosas injustas, trataron de matarme varias veces, mataron a mis amigos.

Nada de reconciliación, primero tiene que haber justicia. Muchas veces me he preguntado por qué lo hicieron y no lo entiendo, de hecho a todas esas personas casi no las conocía, excepto a Claudio Obregón, con él tuvimos problemas: tiempo antes del golpe íbamos a la vega a vender melones y por ahí un gallo le mandó un melonazo por detrás y él creyó que yo había sido. Tuvimos entonces un choque, pero igual no entiendo que pudiera odiarme por eso, porque la verdad nada justifica a cómo se ensañaron.

Tiempo atrás mandamos una carta al Ministerio del Interior contando lo que había pasado aquí, pero en vez de hacer justicia, enviaron a la asistente Carmen Ramírez con otras personas que nos hicieron una encuesta. Dijeron que era para ayudarnos porque así podían asignarnos un poco de dinero. Qué dinero ni que ocho cuartos, lo que yo quiero es que se haga justicia y si ahí, haciendo justicia aparece que nos paguen, pues que paguen, pero eso no es limosna, es lo que necesita la viuda de Orlando Pereira y las de todos los otros finados. Yo mismo exijo que me paguen por todos los tremendos perjuicios, pero que los obliguen a pagar y que todos sepan por qué están pagando. Si fuera por recibir plata de gracias hubiera aceptado lo que ellos me ofrecían para que me fuera pa'l norte y no hablara más de lo que pasó, de los crímenes que cometieron. Pero na'a de eso, eso no lo haría ni por mis chiquillos, primero está el honor. Yo no me vendo carajo.

MARTIN FAUNES AMIGO

       La historia del Colorín de Paine, fue escrita por Martín Faunes Amigo a partir de una entrevista que la historiadora Eugenia Hortvitz y el poeta Oscar Montealegre hicieran al sobreviviente Alejandro Bustos, el Colorín en julio de 1992, y recoge sólo su testimonio. No aspira por lo tanto a esclarecer todos los hechos que ocurrieron en Paine -no podría- sino sólo a registrar las peripecias que el Colorín pasó por esos días o pudo ver directamente, citando sólo a las personas que en esas circunstancias, según su testimonio, se toparon con él.


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