___ LAS HISTORIAS QUE PODEMOS CONTAR

No basta conocer la historia, es indispensable reflexionar sobre ella para formar una plataforma de apoyo a la lucha contra la repetición de sus errores


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------ VÍSPERA DE AÑO NUEVO

LUCRECIA BRITO VÁSQUEZ

MÁS QUE VEINTE AÑOS DE EDAD, aquel treinta y uno de diciembre cuando caí, tenía seis meses de embarazo y soñaba con que la dictadura no pudiera durar tanto, y que mi guagua iba a conocer la vida en libertad. Es que seguía pensando que a pesar de todo seríamos capaces de revertir la situación y no me podía imaginar el aniquilamiento horrendo que al final experimentaríamos. Eso sí, como un adelanto, ese día que venía de vuelta a la casa de mis suegros y caminaba por la calle Sarmiento de Ñuñoa, un presentimiento me tomó las entrañas. Capaz fuera porque siempre fui de intuición potente, y la gente que veía a mi paso estaba toda como dispuesta en una posición de espera. Los obreros de una construcción miraban recelosos como una desconocida me interceptaba, a quien agradeceré toda mi vida. Ella, mujer valiente, tuvo el coraje de advertirme: «Devuélvase, balearon a su marido». Caminé rápido de vuelta hacia Irarrázabal por el costado del Teatro California, pero es cuando escucho un chiflido y cuatro tipos nos encierran sorpresivamente: 

-¡Así que tú erís la famosa Lucrecia!, y vo’ vieja e’mierda, ¿qué tenís que meterte en lo que no te importa?

Me obligaron a desandar lo avanzado de vuelta por Sarmiento y a entrar por la mampara de la casa, tras la cual todo era caos. Los pañales regados por el suelo, la ropa de mi futura guagua pisoteada y esparcida sin compasión. Había decenas de hombres de civil con pistolas y metralletas. Los había de todos los portes, edades y fachas. Yo no terminaba de convencerme de que hubiéramos podido ocasionar tal revuelo. Me lanzaron sobre una silla mientras mi suegra, mujer inteligente, miraba horrorizada el matonezco operativo suplicándoles con lágrimas que no me maltrataran. Poco caso le hacían, aún así, se las arregló para darme entender que necesitaba hablarme, por eso pedí permiso para ir al baño y ella se ofreció para acompañarme; los dinos aceptaron, creo, por mi enorme vientre que les produjo confusión o compasión, o una mezcla de ambos. 

A solas, rápidamente me contó que habían caído otros, que habían heridos, y que la DINA se había llevado a algunos, incluido Alejandro; y que ahora tenían el teléfono intervenido y los tenían presos a ella con mi suegro pues no podían salir de esa casa que mantenían con guardias por si llegaban más militantes para así atraparlos. 

No nos dejaron permanecer mucho en el baño, me sacaron a tirones, pero mi suegra, a pesar de todo, pidió un segundo para traerme una maleta con ropa, leche y todo lo que creyó necesario. Es que claramente se dio cuenta de que pasaría largo tiempo en su poder. 

Me subieron a una camioneta y me llevaron a una casa que no puedo reconocer porque tenía una venda en los ojos y la tuve hasta que me la arrancaron a tirones mientras me decían un número que me identificaría, pero que ahora evidentemente ya no recuerdo. Me empujaron con mi maleta a una pieza donde había sólo mujeres que me recibieron en silencio mientras el guardia vociferaba soez: “¿cómo está la pescadería?”. La tal pieza tenía cinco camarotes de metal y al medio una ventana con barrotes de fierro; frente a la puerta había una sala pequeña que era donde torturaban, y que mantenían siempre con la puerta abierta para mantenernos en constante apremio. En contraste, y tal vez como una medida inconsciente de mitigar el ambiente de terror, tenían puesta siempre música popular muy alegre, a la cual, cuando torturaban, le subían el volumen al máximo.

Me quedé sin rumbo, quieta en un camastro, pero en cuanto cerraron la puerta una voz me dijo entre murmullos: "Lucre, soy Clara". La abracé y le pregunté dónde estábamos y qué cosas ocurrían allí. Todas me rodearon para hablar de la maleta y mi caída. Estaban tristes porque me atrapaban con un embarazo tan avanzado pero al mismo tiempo contentísimas porque traía leche en polvo y muchos calzones ¡Al fin podrían cambiárselos!

Poco a poco se fue llenando la pieza con compañeras, principalmente, de la Universidad Técnica del Estado. Supe entonces que Alejandro, de nombre político “Giro”, mi propio compañero, estaba hablando, no lo podía creer, pero ahí estaban las evidencias; me lo enrostraban Elena, Pilar, Beatriz, como si yo tuviera la culpa de las acciones que pudiera realizar Giro, por muy compañero mío que fuera. La única que nunca me hizo un reproche demostrando sabiduría fue Paty, la compañera de Lucho Guajardo, nuestro querido ciclista del Manuel de Salas y de la Escuela de Ingeniería. Por mi parte sentí rabia, mucha rabia. Rabia y también pena; e imaginaba que por algo Alejandro estaría hablando y que eso no podía ser gratuito. Un tiempo después sabría que lo amenazaban no con matarlo a él ni a mí, sino a la guaguita que estábamos esperando.

Esa misma noche nos sacaron a todas a la parte vieja de una casona que pertenecía al cineasta Helvio Soto, la cual, supe después, era donde funcionaba la oficina de Contreras y estaba situada a la entrada, a mano izquierda del portón. A Helvio Soto, Contreras le había robado mañosamente la casa, según nos contó su mujer, detenida también con nosotras. Fue en esa casa donde empezó la fiesta para ellos; luego de una buena tomatera seríamos los juguetes de su gran noche de año nuevo del setenta y cinco. Hablaban a garabatos y con voces destempladas, era un grupo de borrachos desquiciados que empezaron conmigo el interrogatorio. 

“Tenís que confesar, cabrita”, decían, mientras me soltaban los botones del vestido maternal y me manoseaban descaradamente. Me encontraba en total indefensión, Aún en esos casos, sin embargo, quedan recursos. En el mío me dio por vomitar, y como no querían que se ensuciara el salón del comandante, fui sacada en vilo hacia un baño sucio, lo cual me permitió cortar sus ansias de violentarme. Al lado, mientras tanto, se turnaban con mis compañeras en constante orgía de terror, y claramente alcanzaba a escuchar los rasguidos de ropas, los gritos, los sollozos y los quejidos de las que violaban; todo esto mezclado con blasfemias que torturaban el alma: “¡mira la puta con tetas caídas, se las habrán requetetoqueteado los miristas!” 

Aún siento el asco y la pena de aquella noche, en la que violaron a casi todas las muchachas, mientras yo, entre vómito y vómito, les gritaba si no tenían madres, si no tenían hermanas, y eso me costó múltiples puñetazos, la trizadura de mis dientes delanteros y una lesión en el oído de la que nunca pude recuperarme. Pero no sería tan triste el recuerdo de esa noche si no hubiese escuchado que se atrevieron a violar también a Patricia, con un mes más de embarazo que yo. 

No tengo detalles de la vuelta a nuestra celda y nunca supe ni sabré cómo pude regresar. Recuerdo, eso sí, otros días, aunque la mente se empecina en olvidar lo insoportable: yendo al baño junto a mis compañeras trataba de mirar al piso por debajo de la venda porque no quería tropezarme. Es en condiciones como ésas que la desesperación hace desarrollar destrezas incomprensibles. De súbito, por eso, en un rincón, una flor hermosa, una rosa desmayada en el suelo que traicionó mis sentidos y me hizo volver a la ternura. Quise acariciarla, pero en ese preciso instante me castigaron con un golpe en la cabeza.

El baño era el sitio más sucio que uno pudiera imaginarse, daba náuseas hasta mirarlo de lejos. A pesar de eso, por mi estado de gravidez iba allí varias veces al día incluso sin tener real necesidad, sino más bien por acompañar a las que tenían urgencias y no las dejaban pasar los guardias. A uno de ellos conocido por el mote de “el natre”, se le ocurrían siempre nuevas reglas para demostrar su poder. En mi caso, como no quería arriesgarse pues ya contaban con dos embarazadas desaparecidas, optó por aplicarme el método «interrupción del suelo», así me lo explicó una psiquiatra en Francia muchos años después. Venía por las noches calculando que estuviese dormida, y entonces me despertaba violentamente, cortándome así la curva del sueño. Felizmente, me di cuenta de sus intenciones y me dediqué a dormir tanto como me fuera posible durante el día. Si no, según la misma psiquiatra, me habrían vuelto loca.

En las sesiones de interrogatorio se turnaban empleando distintas intenciones de hablantes. Unos hacían de malos y otros de más comprensivos, tampoco faltaba el que se las daba de experto politólogo y llamaba a algunos de aquellos “huevos” que se quebraron en la tortura, para que nos entregaran un discurso del tipo: «no hace falta que te sacrifiques, tienes que decir lo que sabes, estamos desarticulados». A mí, la piel se me estiraba hacia el cuero cabelludo, y sólo sentía rabia y asco por esos pobres seres humanos degradados que colaboraban con esos otros de la DINA que semejaban a fieras. Es posible que muchos se volvieran locos de tanto destruir, y si no, hoy deben temer hasta de su sombra. Entre esos selectos personajes estaba «Pablo» -Fernando Laureani- a cargo de un equipo, con quien trabajaba «el sicólogo» -Osvaldo Pincetti-. Pablo, era un tipo de aspecto alemán, crespo, rubio y de estatura mediana, dueño de una mirada acerada, como la de un cielo metalizado, frío y siniestro. Era capaz de las peores flagelaciones. La idea que tenían era reducirnos a nuestra expresión más mínima, claro que, aunque todos los seres humanos son diferentes, de la propia fortaleza de cada uno dependía el que lo consiguieran. 

A mí, si algo me sostuvo, fue el no querer que otros pasaran por nuestra misma desgracia, y tuvo que ver también el profundo desprecio que sentía hacia esos seres infrahumanos, y porque no quería que mi hijo naciera en la antesala del infierno. Cuando me amenazaban con matarlo, con lágrimas en los ojos pensaba: «es lo mejor”, pero, luego me cuidaba y comía lo que podía, y me las ingeniaba para no tomar la masa de barbitúricos y otras porquerías con que el psicólogo pretendía quebrarnos. Así fue como resguardé a mi chiquillo, y dormía de día para esperarlos despierta en los interrogatorios nocturnos donde eran siempre las mismas preguntas: «contacto para arriba, para abajo, buzón, casa de reunión y teléfono», las palabrotas y amenazas entremezcladas. Tenían el organigrama del MIR en la pared y uno debía ubicarse. Por lo tanto, era difícil escapar del interrogatorio sin explicaciones claras. En mi caso, el embarazo me preservó de muchas cosas. Lo otro, fue el ser disciplinada, ya que si realmente se trabajaba con nombres políticos no tenía por qué tenerse datos exactos. Declaré entonces, que en todo lo que ocurría en la casa de Sarmiento mi función era el de simple secretaria de Pedro, jefe político de la UTE, así pude explicar lo del manual que encontraron en mi casa y la lista de nombres políticos antiguos que no alcancé a quemar.

Ésos eran los torturadores, fieras desalmadas, pero los vigías constituían un mundo social distinto, en gran número eran de origen muy humilde, jóvenes que se notaban curtidos por el sufrimiento. Muchos de ellos, simplones y superficiales, algunos incluso brutos. Les daba miedo aquella canción de la Revolución Española que habla de la tortilla que se vuelve. Siempre nos preguntaban al respecto: «¿Serán como nosotros, nos harán un juicio, nos perdonarán...?”

Me impactó enormemente el clasismo y el racismo que a cada momento demostraban, de hecho, a mí me trataban mejor por ser casada “con libreta”, y por ser además blanca y de ojos azules. En eso no se diferenciaban vigías ni torturadores, el «Natre» me pedía a veces “gordita, levántate la venda para verte los ojos...» Accedía porque luego era propio pedirle un favor de vuelta, como ir al baño, o que nos dejase conversar o que permitiese que el resto de las compañeras descansaran un rato.

Pero esta crónica no podría estar completa si no incluyera a mis queridas compañeras... De Alicia, que era actriz, habría que decir “por suerte hay personas como ella”. Es que parecía siempre tan animada y positiva. Reconozco que en ocasiones hasta hizo que nos riéramos, y eso es tan importante cuando se trata de sobrevivir. Un día la llamaron junto a otras compañeras, justo cuando por reírse se le había ocurrido teñirse el pelo a lo tanguera y estaba además vestida muy elegante; si hasta tenía un sobre de terciopelo negro con piedrecitas que lanzaban chispas. Todas nosotras estábamos muy contentas porque, según creíamos, se iba a libre plática -no sabíamos entonces eso de la existencia de desaparecidos, o tal vez era algo que no lo queríamos siquiera creer-. Pasó un tiempo largo desde que partiera, pero cuando se abrió nuevamente la puerta reapareció Alicia, el guardia la miraba irónicamente: «te cagaron flacuchenta», farfulló el desalmado. Ella con gesto despectivo inmersa en su mejor personaje de teatro, dándole vueltas a la carterita como quien va o viene de una fiesta, respondió: «mira, la verdad es que no creo que fuese la ocasión para llevarme con esta pintita». Nos reímos todos, presas y guardia. 

Alicia: ahora, dispuesta a reconstruir la memoria, recuerdo que cuando recién llegó la tuvieron primero con ellos, la parrillaron y cómo la sentimos quejarse, la esperábamos preocupadas y tensas. Cuándo volvió tenía el pelo erizado por la electricidad, la observamos boquiabiertas entonces nos miró y dijo «¿Qué les parece mi nuevo peinado?».

Cada día sufríamos con el dolor y el miedo de alguien, mirábamos por las rendijas y aguzábamos el oído para mantenernos al tanto. En las tardes cantábamos y esto les daba tanta rabia que venían a callarnos con terribles palabrotas pero, nada nos mellaba el desahogo. Una mañana, para sorpresa de todas, uno de los guardias jóvenes me vino a buscar para dar una vuelta en «el Patio de Las Rosas», cerca de «la Torre»; allí colgaban a dirigentes como a Thauby, a Gladys Díaz, a Patricia Zúñiga. Pues bien, paseando por el patio me explicó que él era el brazo derecho de Contreras. «¿Es verdad que dijiste toda la verdad?» Al instante confirmé que sí. «Mira, le puedo pedir al jefe que te saque de aquí» «Pero, ¿Sólo a mí?, ¿Y Paty que está con un mes más de embarazo y puede tener la guagua en cualquier momento?»

En el mes de enero llegó Michelle Bachelet a nuestra pieza mas, antes tuvimos la dicha de escuchar a Ángela Jeria, su madre, quien discutió con «el coronel» -Marcelo Moren Brito-, que no tenía por qué arrepentirse de nada de lo que había hecho para demostrar las injusticias cometidas contra su marido –el General Bachelet-. Moren Brito, segundo de la DINA en Villa Grimaldi, se perdía en amenazas ante la voz orgullosa y llena de entereza de Ángela; y, sin argumentos para sostener sus acusaciones, terminó separándolas a madre e hija, como una forma de tortura más. Michelle que era estudiante de medicina, se quedó con nosotras, y eso nos ayudó en mucho, porque con su oficio mejoró nuestros métodos de curar las heridas provocadas por los torturadores, ella sabía además qué barbitúricos exactos había que administrar en casos necesarios, y cuándo. 

Pero hablábamos de Ángela, su madre, fue llevada a una celda de 1,80 por 1,20, más o menos, era un cajón sin ventanas ni ventilación. Allí aislada y a oscuras permaneció por más de cinco días y conoció la segunda pieza de tortura, una especie de bodega con somier metálico donde a seres humanos completamente desnudos, amarrados de pies y manos y, abiertos al máximo con paños asquerosos introducidos en la boca; procedían a la terrible descarga en las partes más sensibles y húmedas del cuerpo: sexo, senos, ano, sitios donde se conducía mejor la corriente y dolía más y más, arrancando gritos y encorvando como un arco la columna. Con razón la mayoría de las prisioneras quedábamos con huellas de quemaduras en muñecas y tobillos, era el roce terrible de las correas con el metal de la parrilla eléctrica. Y algunas con más que eso. La pobre de Mónica, con apenas diecisiete años, quedó con úlceras en el cuerpo y muda por un buen tiempo. Tales alaridos de horror, mezclados de insultos y, paradojalmente, música popular alegre y chillona, fueron el trasfondo terrorífico para los seis y medio meses de embarazo de mi primer hijo que, antes de nacer, conoció así lo peor de mi tan amado Chile.

Pero si había personas en Grimaldi merecedoras de lástima, ésas eran Alejandra y Carola. La primera apodada La Flaca y que, en un principio, estaba en nuestra celda, aparecía a ratos cada vez más descompuesta... La inyectaban todo el tiempo antes de sacarla a «porotear» para reconocer compañeros en la calle. Dicen que fue una buena militante y que la torturaron hasta quebrantarla. Me es difícil emitir juicios sobre ella. Lo mismo me ocurre con Carola, a quien hicieron también mucho daño, sin embargo ella permanece hasta hoy casada con uno de la CNI, uno del propio grupo de monstruos que en esa época la había convertido en objeto sexual.

Éramos muchas en esa pieza, llegamos a una treintena, esos largos días o meses de tortura unían nuestras vidas. Paty y yo teníamos veinte años. Se abrió la puerta y entró un hombre con un impecable terno café claro, en la solapa llevaba una rosa roja. De tez morena y contextura media, aproximándose cual dandi en un sitio de lujo. Ése era Contreras, quien se enfrentaba a mujeres N N vendadas, sucias, andrajosas y con un número que les pendía del cuello. Llegó tal cual lo prometió su ayudante, este último nos señaló con su índice. Allí se terminaron los 21 días de desaparecimiento en que nuestras familias aterradas ponían recursos de amparo ineficaces, y dejaban su energía entre los tribunales y ministerios; es que temían lo peor, y tenían toda la razón del mundo. Los que pudimos salir de allí con vida, volvimos del infierno, el resto pasaron de esos infiernos al cielo, pero los monstruos que permanecieron en la tierra se han empeñado en que sean olvidados. Aquí estamos nosotros, sin embargo, ganando pequeñas batallas de la memoria en el Colectivo de arte “Las historias que podemos contar”, luchando en contra de eso, y para honrar la memoria de todos los compañeros que no están, la de aquellos que sufren las secuelas de la tortura, y también para recuerdo de nuestros hijos, en especial para mi pequeña y gran victoria, Alejandro Ernesto, quien un 25 de marzo del 75 nació en Tres Álamos y nos iluminó a todas con sus hermosos ojos de cielo.


Publicaciones de Lucrecia Brito: Maria, nouvelle publicada en Francia, 2 cuadernos de poesía, también publicados en Francia, Revista Signos Poesía y Prosa, publicación bilingüe Franco-Española, artículos "Folclor Mítico Religioso", diversas Publicaciones con el colectivo Las historias que podemos contar y La feria de los cachureos de Valparaíso, publicación de investigación Fondart de Karín Berlien y Lucrecia Brito

Foto de Lucrecia de 21 años a tres semanas de ser liberada desde el centro de detención de Pirque. La guagua en sus brazos es su hijo Alejandro Ernesto, nacido en cautiverio.